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Los animales en el arte

A lo largo de la historia del arte, los animales han ocupado un papel muy importante y recurrente, siendo una fuente de inspiración para la mayoría de los autores más destacados.

Su importancia y protagonismo empieza a darse desde las primeras representaciones del arte rupestre y del arte mobiliar paleolítico; pasando por Egipto, donde los animales eran parte esencial de la iconografía de deidades, también de representaciones clave como la escritura jeroglífica, posteriormente en el arte minoico y micénico, en los que uno de los principales motivos era el animalístico, o en regiones históricas como Persia y Mesopotamia, donde la utilización de animales se encontraba en decoraciones y gran cantidad de esculturas. 

Actualmente, los animales y su representación nos rodean de manera constante. Son los protagonistas de animaciones y películas, inspiraciones para pinturas y personajes, y tienen gran presencia en el mundo del arte. A su vez, los animales también son ilustrados para dar visibilidad a la explotación y maltrato al que son sometidos. Artistas nacionales como Roger Olmos, Carlos Corredera o Paco Catalán son algunos de los autores que utilizan su talento para concienciar, mostrando mediante sus obras el sufrimiento animal. Sin embargo, existen también autores que contribuyen al lado opuesto.

Dentro del mundo del arte, por ejemplo, se han utilizado animales vivos con el fin de convertirlos en “obras de arte vivientes”, entendiendo su uso como innovación artística. Estos autodenominados “artistas” (y en ocasiones aclamados por la crítica) han creado escenificaciones, instalaciones, e incluso esculturas, mediante el sufrimiento y la tortura hacia todo tipo de animales. Exponemos a continuación algunos ejemplos:

Jannis Kounellis, Sín título, doce caballos vivos. Vista de instalación en Galleria L’attico, Roma, 1969.

Jannis Kounellis colocó doce caballos en una galería como una aplicación del concepto Ready-made de Marcel Duchamp (elección de objetos cotidianos, aplicando posteriormente cambios sobre ellos, y finalmente siendo presentados como obras de arte). Los caballos vivos son tratados como elementos dentro del cuadro, formando parte del propio lienzo.

El uso de animales vivos en sus obras le llevó grandes problemas, como la sonada intervención del Museo Reina Sofía en una de sus obras que incluía un guacamayo el cual fue retirado del montaje por sufrir estrés. El autor acusó al Museo de censura y de hipocresía. Lo cierto es que incluso la Guardia Civil llegó a presentarse en el Museo tras recibir varias denuncias por parte de visitantes sobre el estado de salud del animal.

Un perro enfermo, callejero, 2007.

Otro ejemplo polémico fue de la mano de Guillermo Vargas “Habacuc”, quien capturó un perro callejero, al que llamó Natividad, y lo ató en su instalación durante unas horas. La pieza, llamada Un perro enfermo, callejero, consistía en mostrar un perro dañado y sin hogar, sin alimento ni cuidados veterinarios, muriendo a la vista de todos los asistentes, así como lo haría fuera de la instalación.

Durante esos días varios visitantes intentaron exponer su desacuerdo con la obra, pero nadie actuó por la vida de Natividad.

El autor dejó por escrito el objetivo doble de la escenificación. Por un lado, “la utilización de medios de comunicación masiva: prensa escrita, internet, medios de información televisivo, radio, etc.”. Y por otro lado, resaltar “la hipocresía de la gente”, quienes mostraban indignación ante un perro en esa situación, pero no cuando estos casos sucedían en la calle. Sin embargo, sigue siendo evidente la incoherencia puesto que el mismo artista estaba participando de ese sufrimiento.
Se desconoce el paradero del animal, o si acabó muriendo o siguió con vida.

Este cerdito fue al mercado, este cerdito se quedó en casa, 1996.
Dios sabe por qué, 2005.

Otro de estos casos es el del autor Damien Hirst, quien creó una serie de obras con el uso de formol. Hizo uso de este conservante para tejidos de animales muertos, los cuales manipuló y expuso en sus obras. Su objetivo, exponía el autor, era “cuestionar nuestra relación con la muerte, creando un zoológico de animales muertos”.

Incluso aceptando que el planteamiento artístico de obras como las mencionadas fuera interesante, ya que sin duda crearon atención mediática y pública, desde un punto de vista reflexivo las preguntas que hemos de hacer son: ¿por qué se usaron estos individuos? ¿Cuál es la consideración moral hacia ellos? ¿Cómo se intenta justificar tales usos o maltratos?

Si bien es cierto que a lo largo de la historia se han empleado restos humanos de manera decorativa o artística en multitud de lugares (desde el simple uso de huesos hasta la actual plastinación), difícilmente tendría buena acogida en la sociedad esta serie de obras si estuvieran hechas con cadáveres humanos. La empatía hacia nuestros semejantes nos lo impediría, nos haría ver lo violento, cruel e irrespetuoso de ello. Empatía que es difícil de encontrar cuando se trata de animales no humanos, como es el caso.

En cada uno de estos ejemplos observamos cómo alguien, en nombre de sus ideas y buscando el impacto mediático o la fama, utiliza otros seres vivos o sus cuerpos muertos como si de un objeto se tratase. En ocasiones negándoles cualquier cuidado y con el claro objetivo de que el animal sufra durante la exposición, como en el caso del perro Natividad. Para estos autores y la gente que consume sus trabajos más reprochables, los animales no son seres merecedores de derechos, sino simples objetos. El especismo se muestra pues en esta cosificación de los animales, vistos como simple mercancía o herramientas.

Extraemos un hecho común en estas representaciones: el visible arraigo histórico de un sistema discriminatorio especista, el cual ha condicionado y condiciona a las sociedades humanas a perpetuar la violencia hacia otras especies. Los animales no humanos siguen siendo utilizados en multitud de ámbitos de la vida cotidiana y más artistas en la actualidad los utilizan persiguiendo un ideal artístico.

Sin embargo, y como conclusión, estamos convencidas de que un mundo con más empatía es posible. La reacción generalizada de horror e indignación ante obras como las expuestas muestra que somos capaces de reconocerles como seres sintientes. Podemos y debemos actuar en consecuencia, no permanecer impasibles, e invitar a nuestro alrededor a hacerlo también.

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